viernes, 19 de junio de 2009

Triste cumpleaños para la dama de Ragún

Hoy Aung San Suu Kyi cumplió 64 años. En los últimas dos décadas, esta mujer de aspecto frágil pero de carácter decidido ha liderado la oposición democrática en Birmania y cuenta en su vitrina (bueno, no sé si lo tiene allí o si ni siquiera lo posee físicamente) con un flamante Premio Nobel de la Paz. Pero no es libre. Ha pasado 14 años bajo arresto domiciliario por pedir reformas a la Junta Militar que gobierna su país desde 1962.



Aunque con poca convicción, me he unido a una campaña en Facebook para pedir la liberación de Suu Kyi, quien ahora se encuentra inmersa en un kafkiano proceso por un delito de subversión. Las autoridades birmanas la acusan de violar presuntamente la orden de arresto domiciliario cuando el pasado mayo permitió a un ciudadano estadounidense pasar dos días en su residencia. ¡Qué casualidad que este proceso ocurra sólo unos días cuando expiraba la orden de detención en su vivienda!

Brad Pitt, Robert de Niro, Charles Bronson (éste no, pero me gustaría), Steven Spielberg y el mismísimo primer ministro británico se han unido a esta campaña en Facebook. Es curioso. Si la mayoría de los seres humanos solemos apoyar estas causas justas, ¿por qué en cambio hay tanta iniquidad en el mundo? Yo le cogí cariño a Suu Kyi después de leer su biografía. Me gustó porque exhibía sus virtudes y algunos, no muchos, de sus defectos. Se me apareció como una mujer decidida, que ha sabido estar a la altura de la historia.

Hija del héroe nacional Aung San, la Nobel de la Paz pasó varios años en el extranjero antes de terminar en la Universidad de Oxford. Allí se casó con un farang (extranjero) llamado Michael Aris, con quien tuvo dos hijos en 1973 y 1977. Estos pobres muchahos, ya no tan jóvenes, no han visto a su madre en años y tampoco se les puede considerar unos privilegiados.

En 1988, Suu Kyi volvió a Birmania para cuidar a su madre. Este año se produjo la sangrienta represión de las primeras manifestacionea a favor de la democratización del país en dos décadas. Desde entonces, el destino de Suu Kyi ha estado ligado a este movimiento.

La Junta Militar la puso bajo arresto domiciliario, pero ello no fue suficiente para que su partido, la Liga Nacional para la Democracia (LND), ganara las elecciones de 1990 por una mayoría del 82 por ciento de los votos, un resultado que los militares jamás aceptaron. Desde entonces, ha pasado casi todo su tiempo confinada en su vivienda, sin teléfono ni otros medios de comunicación con el exterior; con la sola compañía de dos señoras mayores.

Sin embargo, la dama, como la llaman los birmanos para evitar las represalias del régimen, sigue liderando las esperanzas de miles de sus compatriotas.

"Por favor, utilizad vuestra libertad para promover la nuestra", dijo Suu Kyi en un discurso. Sí, ¿pero cómo?

En mi opinión, la pieza más díscola en este puzzle es el problema étnico. Algunas guerrillas, como los wa, están estrechamente ligados al narcotráfico y otras, como los karen, llevan combatiendo al Ejercito birmano desde 1948. La reconciliación que anhela Suu Kyi no parece que vaya a ser plato fácil, incluso si algún día los generales hacen mutis por el foro.

Esto último no es tan peregrino, aunque no creo que ocurra porque China deje de repaldar al régimen a cambio de sus recursos de gas y piedras preciosas ni porque los birmanos lo consigan mediante un alzamiento popular. Mas bien serán los propios generales, lunáticos obsesionados por la astrología y la magia esotérica, los que terminarán jodiendo el invento.

Dicen que el jefe de la Junta Militar, el general Than Shwe, está acongojado por el derrumbe de un templo budista. Mal presagio (o bueno).

jueves, 18 de junio de 2009

De visita en la prisión de Bangkok

El fotoperiodista Kevin Carter se suicidó en 1994, un año después de ganar el premio Pulitzer de fotografía por la conocida imagen de la niña sudanesa postrada unos metros delante de un buitre. Carter tuvo la muerte dulce, la producida por dióxido de carbono. Uno se va quedando dormido y el gas termina ahogándolo. En la nota de despedida, el fotógrafo decía que le acosaban las deudas y que veía imágenes de niños hambrientos y cadáveres.



Aparte de los escrúpulos morales ante la intencionalidad de la famosa fotografía, su muerte abrió el debate sobre la responsabilidad del periodista. ¿Debemos ser meros observadores de los hechos que presenciamos o debemos intervenir para cambiarlos, en caso de que se trate de injusticias?

El pasado lunes acompañé a un grupo de voluntarias a la prisión Klong Prem de Bangkok, donde semanalmente realizan visitas a varios reclusos peruanos y colombianos. El grupo estaba compuesto por tres francesas y una portuguesa, esposas de expatriados en Tailandia, y una peruana residente en Suiza que se encuentra en Bangkok para recibir un tratamiento médico. Todas hablan español.

Resultó sorprendentemente fácil entrar en la cárcel y visitar a los presos. Sólo tienes que entregar una fotocopia de tu pasaporte y apuntar el nombre del recluso que quieres visitar. Las cárceles tailandesas están superpobladas, con más de 60 reclusos en celdas de 30 metros cuadrados. El régimen alimentario se limita a un poco de arroz y sopa de pescado. La asistencia médica es nimia. Si no recibes ayuda exterior, la vida carcelaria es casi un suicidio.

La mayor parte de los colombianos está presa por delitos de robo, con penas que oscilan entre los tres y los cinco años; mientras que casi todos los peruanos, incluidas cuatro mujeres, son mulas utilizados por los narcotraficantes para transportar cocaína. Ninguno de ellos recibe apenas visitas ni ayuda del exterior. Los peruanos condenados por droga están más desamparados; los que roban suelen tener la complicidad de las bandas, su respaldo tras las torres vigía y en la vida criminal.

Su alegría es manifiesta cuando ven al grupo de voluntarias, son sus ángeles custodios. Les compran comida y otros artículos de primera necesidad. Pero lo más importante es que pueden conversar con ellas, les cuentan sus muchas penas y pocas alegrías. Han llegado a trabar una relación especial a través de confidencias. Anne, quien comenzó estas visitas a la cárcel hace dos años, llegó a compartir una hora con uno de ellos en una habitación a solas.

Juan Carlos, un preso colombiano, le ha contado un sinfín de anécdotas de la cárcel. Como el "Día de las Reinas", en el que los funcionarios permiten la entrada de los transexuales en la sección de hombres para que puedan mantener relaciones sexuales a cambio de dinero.

Yo estuve conversando con Elisabeth, una mujer peruana condenada a 12 años por intentar introducir en Tailandia un kilogramo de cocaína que transportaba en su estómago. Me dijo que no necesitaba nada sino saber que sus hijos están bien en Perú. Un cristal nos separaba a los visitantes de los presos. Su voz apenas se escuchaba a través de la rendija, la mayor parte del tiempo ahogada por la cacofonía que creaban las otras conversaciones en la alargada sala. "No necesito nada", me dijo.

Carlos Jesús, otro peruano, me pareció simpático, pero recelo de su astucia. Me aseguraba que fue víctima de una trampa. Que le metieron la droga en la maleta. "Hermano, ayúdame a escribirle una carta al rey para que me rebaje la pena. Que me han caído 14 años por declararme inocente. ¿Lo puedes creer? Si me hubiera declarado culpable me hubiera caído la mitad de años". Le prometí que le enviaría un libro de Vargas Llosa. "La fiesta del Chivo", creo que le gustará.

Finalmente, visité a Sydney, un peruano condenado por tráfico de drogas. Se encuentra en el hospital porque padece un cáncer de huesos. "No tengo los diez dólares que cuesta el tratamiento. Son diez dólares por semana". Me contó que andaba sin camiseta. La que llevaba se la habían prestado para aparecer decente en la entrevista. En la tienda de la prisión, le compré tres camisetas, unas chanclas y un postre elaborado con arroz y mango.

¿Acabó esta historia para mi cuando publiqué la historia? Casi. Todavía tengo que enviarles los libros que prometí. Pronto no serán más que otra de mis notas guardadas en mi ordenador bajo el nombre de "prisioneros latinos en Bangkok".

martes, 16 de junio de 2009

Los amos del mundo

Artículo premonitorio del escritor y periodista cartagenero Arturo Pérez-Reverte, publicado en "El Semanal" el 15 de noviembre de 1998, y que ahora, diez años después, se revela como una auténtica profecía.

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.

Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio -o al revés-, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.

Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.

No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.

Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder; el riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.

Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.

Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.

Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces -¡oh, prodigio!- mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.

Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.

Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la pagan con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con sus puestos de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

viernes, 12 de junio de 2009

Entre mochileros, espías y refugiados

Mae Sot es una encrucijada en la que se cruzan mochileros, espías, traficantes, refugiados e inmigrantes ilegales. Esta ciudad tailandesa de unos 120.000 habitantes se encuentra en la frontera con Birmania, rodeada de húmedas selvas y suaves colinas.
"Mae Sot tiene algo especial. No hay monumentos que visitar y el bosque tropical no es más espectacular que en otros sitios, pero desprende una energía difícil de explicar", me dijo en confidencia Hilary, una canadiense en sus sesenta en quien todavía se vislumbra el murmullo de una belleza cristalina y salvaje como un fiordo helado.
La ciudad, o el pueblo mejor dicho, tiene coquetas cafeterías donde los cooperantes de las ONG y los profesores de inglés se reúnen para hablar, beber o escribir en sus diarios. Solidarios con los inmigrantes y refugiados birmanos. Aventureros con portátiles o vagabundos con Visa Oro.
Los mochileros utilizan Mae Sot para pasar la frontera birmana, en cuyo flanco sólo pueden permanecer un día, y obtener 15 días más de visado. También es destino de miles de refugiados que huyen de la represión y los conflictos armados en su Birmania natal.
Se trata del caldo de cultivo perfecto para un espía. En el albergue, todos sospechábamos en broma que Tom, un profesor voluntario de inglés, pertenecía a la CIA. Tom lleva gafas de intelectual y es enjuto y robusto como una espiga de trigo. Es agradable y parece inofensivo. Así deberían ser los espías; no atractivos y elegantes James Bond.
Birmania envía muchos espías a Mae Sot. Curiosamente, los generales birmanos son ahora aliados de los norcoreanos. Supongo que a los regímenes totalitarios siempre se les ha dado bien las conspiraciones y las aventuras de espías. Infamias románticas. Aunque Occidente también tiene varias en su colección.
Uno piensa que sonreir y sufrir son antagónicos, pero en Mae Sot he descubierto que no es así. Los que más ejercitan uno y padecen el otro son los refugiados y los inmigrantes sin papeles, que en el fondo también son refugiados humanitarios. De mi visita al poblado de inmigrantes birmanos en el vertedero y en el campo de refugiados recuerdo las sonrias. Las sonoras risas de niños y adultos. El gozo de ver a dos blancos grabando sus quehaceres diarios.
Nada diferencia a los niños que juegan entre los desperdicios y los vahos infectos del basurero de los que saltan en los columpios de un parque de atracciones. Sin embargo, sentí escrúpulos al acariciar a un pequeño de unos siete años que reía de oreja a oreja al verse en la pantalla cámara digital. Su cabello raspaba como la estopa y desprendía un olor a plátano podrido.
No había juguetes en el campo de refugiados. Ni siquiera una pelota de plástico. Pero los niños reían y reían mientras nos cortejaban por los estrechos caminos embarrados que serpentean entre las chozas del campo. "Thank you, thank you", se despedía una pequeña de modales suaves. Parecía una pequeña amazona con el vestidito rojo y sus ojos profundos como la jungla.


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Fotos Mae Sot (Tailandia)


Niños en campo de refugiados de Mae La


Calle de Mae Sot


Niños birmanos en vertedero de Mae Sot


Vista del vertedero


Birmanos descansan después de escarbar en basura


Familia birmana en ONG Yaung Chii Oo




jueves, 11 de junio de 2009

Birmanos ilegales

Hace muchos años, en mi Lucena natal (España) escuchaba de lejos eso de que los empresarios contrataban a los trabajadores sin contrato. Nadie tenía que convencerme de que era algo injusto. Pero me parecía injusto de una forma universal, casi abstracta. Como me oponía a que los negritos del África pasaran hambre. Luego crecí, fui a la Universidad, trabajé unos años y me vine para Asia. Ha tenido que ser en Tailandia donde he visto con mis propios ojos la situación de unos trabajadores inmigrantes explotados por empresarios sin escrúpulos.
El cierre de fábricas a causa de la crisis económica ha empeorado la difícil vida de estos birmanos, cuyas familias malviven hacinados junto con sus familias. Aquí no saben nada de indemnización o desempleo. Están desamparados.
Mi colega Dani y yo nos colamos en una fábrica de Mae Sot, en la frontera con Birmania. Los trabajadores nos permitían con sonrisas grabar los cubículos en los que vivían dentro de una nave con tejado de uralita. En lugar de ocultar a sus niños, los animaban a posar ante las cámara. Les hacía gracia.
Dani se asustó cuando vio a una tailandesa vestida con una camiseta amarilla, color de la monarquía, que debía ser la gerente o una responsable de la fábrica. Era domingo y los jefes no estaban. Al principio hicimos amago de marcharnos, pero hicimos acopio de nuestro coraje y fuimos a hablar con ella. Mi amigo intentó explicarque que queríamos realizar un reportaje sobre la crisis económica, pero ella no entendió una palabra. Al principio sospechó de nuestras intenciones y nos preguntó si pertenecíamos a alguna ONG. Después se relajó y nos contó -medio en inglés y medio en tailandés- que sufría jaquecas por el exceso de trabajo. No me cayó mal la explotadora. ¿O ella también era explotada?
La mayoría de los trabajadores de aquella empresa no tienen permiso de trabajo. Pero en la ONG birmana nos dicen que los "inmigrantes nunca son ilegales". Las personas no pueden ser ilegales, tienen dignidad. Aunque se vulneren sus derechos. Aquí resumo su situación en Mae Sot, en particular, y en Tailandia, en general:

Solamente en los últimos dos meses, ocho empresas han cerrado en la ciudad de Mae Sot, dejando sin empleo a mas de un millar de birmanos, quienes cobran menos de dos dólares diarios por jornadas que se pueden alargarse hasta 11 o 12 horas. Lo pierden todo. No hay compensación para los "sin papeles"
. En el trabajo, sufren accidentes al manipular máquinas peligrosas sin supervisión. Las mujeres llegan a desfallecer exhaustas por largas jornadas de trabajo en ambientes asfixiantes y con poca iluminación. Para más inri, la Policía se lleva casi un diez por ciento de sus salarios en sobornos. Y si se atreven a denunciar, sufren palizas o incluso son asesinados. En las granjas, sus cadáveres son enterrados en lugares de difícil acceso. Crímenes que quedan impunes.Según un dicho en Mae Sot, para hacer desaparecer a un inmigrante birmanos sólo hacen falta dos cosas: "unos cuantos neumáticos y cinco litros de gasolina". Una ONG local, Yaung Chii Oo, asegura que estas empresas fabrican artículos de ropa para Adidas y Nike, entre otras marcas.


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